jueves 12 de enero de 2012

Con las palabras amontonadas

Dicen que cuando mueres, ves pasar toda tu vida. Yo estoy viendo pasar la de Daniel y me queda claro que fue una carrera hacia la destrucción. Una elección no muy consciente, sólo no supo tener otra vida.

Él nunca me vendió drogas. Cuando lo conocí no era dealer, era un niño de 8 años que llegó a vivir a una de las viviendas que mis padres rentan. Llegó con su mamá, La Doña, Don José, la pareja de su madre, y sus dos hermanos, mios también durante mucho tiempo. Después supimos que la Doña tenía otras dos hijas.



En mi casa vivió mucha gente, una más horrible que otra, pero La Doña se quedó muchos años y se hizo parte de la familia.



No sabía leer ni escribir. Limpiaba casas y lavaba ropa ajena para sobrevivir. Mi mamá y ella hacían acuerdos en los que La Doña limpiaba mi casa para no pagar renta. Mi papá la alfabetizó.



Estaba súper jodida, pero todo lo que hacía era para sus hijos. A Daniel lo mandó a vivir con un tío, para que tuviera una mejor educación, pero era huevón. Dejó la escuela para dedicarse a la bohemia y luego a la vagancia hasta que se volvió dealer.



Pensar en mi infancia es pensar en Daniel, Eduardo y Susana (Y en Hugo, anoche soñé con él, por cierto). Hijos de mis inquilinos que jugaban con Gaby y conmigo.



Con él crecí. A él le dio por escuchar a los Doors cuando yo descubrí a los Beatles. Me pasaba las tardes con él escuchando discos (y vienen a mi mente esas tardes, cuando él se sentaba en un viejo sillón café y yo en el piso y no sé de qué hablábamos, pero lo recuerdo sonreír y decirme que estaba bien loca).
Él me enseñó el rock urbano.


Él aprendió a tocar la guitarra, le enseñó El Peter, que en realidad se llama Víctor y es un hippie, un chamán. Se iban en los camiones a tocar la guitarra y Daniel regresaba a su casa con cien varos para La Doña. Y Peter le decía que se portara bien, que no hiciera sufrir a su mamá.



Al crecer, Eduardo también dejó la escuela, pero él se puso a trabajar para ayudar a La Doña. Es el más logrado de sus hijos, muy trabajador. Yo lo admiro, vi a tanta banda dejarse vencer, y él no. Le chinga en trabajos decentes para mantener a su esposa, cuidar a su mamá. Regañaba a Daniel, ese cabeza dura.



Daniel era un huevón, un borracho, un golpeador de mujeres y un mantenido. No sé cómo empezó a vender drogas, pero no me extraña que lo hiciera, vivíamos rodeados de dealers. Dealers buena onda, vecinos normales, señores y señoras como de cualquier colonia, leales. Nomás que vendían drogas.



Hasta La Doña vendió. Así cómo regañar a ese güey, digo yo. Pero estaba tan jodida que la entiendo. Para La Doña, 500 pesos era mucha lana. Soñaba con tener su casa, un terrenito (¿saben que en Ecatepec yo he visto terrenos de 28 mil pesos?). Seguro cuando vendía drogas estaba juntando para uno, pero la agarraron en un operativo. Estuvo en la cárcel un año. Cuando salió nos contó que se ganó a las reclusas del mismo modo que se ganaba a la gente afuera: chingándole, lavando ropa, haciendo comida, siendo la gata imprescindible. No crean que vendía en mi casa: se fue a vivir a otro lado para no quemarnos. Esa ñora es ley.



En esa época la bauticé “mi nana dealer”, se me hacía muy divertido. Qué pendeja.



Cuando iba a la prepa, hace 10 años, La Doña todavía vivía en mi casa, no estoy segura de cuándo se fue. No estoy segura de cuándo Daniel, Eduardo y Susana dejaron de ser los amigos con los que hacía todo, pero recuerdo a Daniel un día diciéndome que no fumara marihuana, que por qué hacía eso, que mi papá me iba a dar una chinga. Él ya vendía.



No, Kari, no hagas eso. (Me doy cuenta que de las pocas personas en el mundo que me llaman “Kari”, Daniel era uno).



Los últimos años a él ya casi nunca lo vi. Estaba gordo, desaliñado, con barbota. Era guapo. Cada que lo veía pensaba que era una lástima, que si se hubiera esforzado un poquito todo habría sido distinto. Era mi amigo, me gustaba pensarlo vestido de traje, con otra vida, como La Doña hubiera querido.



Pero no. Era huevón. Y volverse delincuente en esa colonia era re fácil.



Ayer le metieron dos balas en la cabeza y lo dejaron tirado atrás de la calle en que crecimos. Y me sentí mal, porque es mi amigo y me sentí peor cuando me di cuenta que mis otros amigos, cuyas madres no eran analfabetas, le compran drogas a gente como Daniel. Y no nos morimos. A lo mucho, no todos, sólo algunos, quedan fritísimos, forevereados (Pablo, Pablo, te amo)



Él y yo crecímos juntos, éramos amigos. Y somos tan distintos, tan horriblemente distintos, estamos separados por horas nalga en la escuela, por unos pinches papeles que dicen que yo soy licenciada y él un nini, un dato de deserción escolar por pobreza y esas madres. Pero se llamaba Daniel y era mi amigo y no sé por qué somos tan distintos.



Creo que en unas horas lo entierran.

3 inconformes:

@oenriqueg dijo...

Te doy el pésame aunque no sea personalmente.

Tu eres la persona que más me hace reflexionar, aunque a veces no quiera, aunque a veces sea más cómodo no hacerlo, eres mi amiga y me importas, aunque no esté presente.

Abrazo para ti, de esos que se dan en silencio aunque no paren de decir "estoy contigo".

Bytes.

Karina dijo...

Gracias. Sé que estás conmigo.

Anónimo dijo...

Al pasar el tiempo nos vamos separando de algunos amigos.
La distancia que los separó es mas que horas nalga. ¡Es algo mas grande, algo interior!
Creo es algo como enamorarse de la vida, o gusto por ver un amanecer. Seducidos por la blancura de su blanca sonrisa y el oscuridad de sus ojos, ellos se van primero, con una rosa en una mano izquierda y en la derecha la mano huesuda de la muerte.