martes 14 de junio de 2011

¿Y yo por qué?

Hace mucho tiempo me asaltaron en un microbús (en Ecatepec, Granjas Valle de Guadalupe, bajando las vías del tren en Las Vegas: asaltan diario ahí).

Iba para la San Felipe, primer lugar en criminalidad en el Distrito Federal, si las estadísticas no han cambiado. Cuando regresé a mi casa, llamé al número de la policía local, tomado del recibo de pago de la cuota de vigilancia (ajá, pagamos la vigilancia pública en Ecatepec).

Les dije que acababa de ser asaltada en un micro. Y que me responden:

-¿Y qué quiere que yo haga?

Ahorita se me ocurren respuestas como: “pues que hagan su trabajo y si no, pues ya no pasen a cobrarme la vigilancia” o “ya puestos a preguntar, que vaya a chingar a su madre”. Al menos pa’sacar el coraje, pero en ese momento me lo tragué. Congela escuchar eso de las “autoridades”.

Eso no es lo peor, quiero decir, cabría la posibilidad de que quien me contestó el teléfono ese lejano día fuera un inepto, un caso aislado. Pero no. Lo peor es que ese es el perfil de quienes detentan el poder. Desde el más bajo puesto hasta el presidente suelen responder con un “¿yo por qué?”.

Veamos. En esta nota de El Universal, leemos lo que Ramón Oceguera, presidente municipal de Ramos Arizpe, le dijo a una mujer que no ha parado de buscar a su marido desde que fue levantado por los Zetas en abril pasado:

"Señora, no pierda el tiempo. No vamos a hacer nada. No podemos. Y no se exponga más, quédese en su casa tranquila".

Antes, en agosto de 2010, cuando descubrieron a los primeros 72 migrantes asesinados en San Fernando, Tamaulipas, antes de que las fosas ahí y en Durango revelaran a sus más de 400 muertos, Cecilia Romero, entonces encargada del Instituto Nacional de Migración, respondió al por qué si había denuncias de abusos contra migrantes, no se hizo nada para evitarlos, para evitar San Fernando:

No puedo saber cuántos secuestros hubo porque los inmigrantes centroamericanos indocumentados se esconden y entonces, pues ni cómo hallarlos, ni cómo saber”.

Mi hermana hace año y medio debió levantar una denuncia ante un Ministerio Público. Habían agredido a su esposo y estaba hospitalizado. En el MP le dijeron que no le iban a levantar nada.

Ella, más cabrona que yo y más docta al respecto, le dijo a la que huevoneaba tras el escritorio que entonces iría a la Mesa de Responsabilidades. Sólo así le levantaron el acta, y hoy con ese caso no ha pasado nada, nadie ha pagado.

(Mi hermana no llevaba su credencial de electora y debió mostrar la de la universidad. La actitud de la come tortas burócrata esa cambió ante la “licenciada”).

Por supuesto, no hacer nada tiene consecuencias. La consecuencia es la impunidad en este país, en que se cometen delitos atroces y nadie hace nada. Donde además, aprovechando el río revuelto, un asesinato cometido por policías, como el de Juan Francisco Sicilia y sus amigos en Temixco, se puede atribuir a un cártel que ni existe (el del Pacífico Sur), y los responsables de investigarlo vendrán a decir que ni les pongan un ultimátum, ellos así no trabajan.

La gente tiene que buscar ella misma a quienes los lastiman, como Isabel Miranda, pues las autoridades, ¿por qué?

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